Ladakh es una tierra de frágiles
equilibrios. Desde la convivencia entre las comunidades musulmana y budista
hasta las fronteras políticas, todo permanece en la cuerda floja. Esto es poco
aparente cuando uno contempla los firmes trazos con los que el hombre ha diseñado
su hábitat. El Palacio de Leh es lo suficientemente imponente para hacer creer
a más de uno de que se trata de la capital de un sólido y homogéneo imperio.
Más cercano a los altos cerros a los que da la espalda que al pueblo, bien
podría ser la morada de uno de esos emperadores que nunca salen a la calle, y a
los que no se puede mirar a los ojos. A veces, nubes con pobre navegación
quedan encalladas entre las montañas detrás, dando la errónea impresión de que
manan de la dilapidada y deshabitada ruina, como signo de su carácter divino.
La realidad es muy distinta.
Esta zona de la Cachemira india, como
cualquier otra, basa su pertenencia esta nación en una fuerte presencia militar.
Ni la gente es hindú, ni se escucha a alguien hablar hindi por aquí. Son
ladakhis, de cultura tibetana tan ortodoxa que es aun tradición en las aldeas
enviar un hijo por familia al monasterio, podando así un poco el crecimiento
demográfico en una zona donde la agricultura escasamente podría sustentar un
baby boom.
El otro estrato del arco iris es la
población musulmana, que mientras en otras zonas de la Cachemira alcanza el
90%, aquí es minoría. La mayoría vive alrededor de la mezquita del S.XVI y se
dedican al comercio. Aunque la mayoría de las familias en Leh, debido a los
matrimonios cruzados, tienen miembros tanto budistas como musulmanes, y ambas
comunidades se entregan mutuamente pequeños discos metálicos en el mercado, hay
cierta tensión en el aire, mayormente acumulada en la última década. Cuando
cada atardecer los altoparlantes de la mezquita expanden el azan, o llamado a
plegaria, el vecino monasterio budista contesta con su propia música sacra, en
lo que es sin duda una guerra de decibeles. En un nivel macro, India intenta
retener la soberanía en una zona atenazada entre Pakistán y China, ambos con
sus propias pretensiones territoriales sobre la zona, y todos sin genuino
interés en la determinación local.
El milico indio que me pidió una coima. No está saludando, sino escapando a la foto.
Lo primero que me ocupó al llegar a Leh fue buscar la manera de salir. Es decir, legalmente. Debido a deslizamientos y avalanchas en el viaje de ida, un viaje de dos días había demorado cinco, y ahora tenía solo cinco días, no solo para regresar a Manali, sino para bajar hasta Delhi y de allí cruzar todo el Punjab hasta Lahore en Pakistán. Cuando visité la superintendencia de policía de Leh para pedir una semana de extensión sobre mi visa de tres meses, sabía perfectamente dos cosas. Primero, que esa extensión se otorga en teoría gratis. Segundo, que los policías indios, con bigote y lentes negros, probablemente calcados de alguna dictadura latinoamericana de los 70, son adeptos al oscuro deporte de pasar y recibir billetes bajo la mesa. Decidí jugarla de periodista die hard antes que de blando mochilero y me prepare, como tantas otras veces, para este tipo de ocasiones. El pelo correctamente atado, lentes, y carpeta con mis artículos bajo el brazo. Me presente como periodista del inexistente Buenos Aires Times en un viaje asiático cuyo fin era promocionar el turismo sudamericano en el continente. El milico del otro lado del innecesariamente largo escritorio me escuchaba con poco interés. Prestaba más atención al adolescente cabo de uniforme deshilachado que entro con una bandeja con te que a mi discurso, y simplemente dijo que debía abonar U$S 40. Las cosas cambiaron cuando saque mi cámara de fotos y le tome un primer plano, asegurando que iría en el Hindustan Times del fin de semana. Desesperado, me llevó a una oficina donde, tras esperar varias horas, pero salí con mi extensión legal y gratuita.
Lo primero que me ocupó al llegar a Leh fue buscar la manera de salir. Es decir, legalmente. Debido a deslizamientos y avalanchas en el viaje de ida, un viaje de dos días había demorado cinco, y ahora tenía solo cinco días, no solo para regresar a Manali, sino para bajar hasta Delhi y de allí cruzar todo el Punjab hasta Lahore en Pakistán. Cuando visité la superintendencia de policía de Leh para pedir una semana de extensión sobre mi visa de tres meses, sabía perfectamente dos cosas. Primero, que esa extensión se otorga en teoría gratis. Segundo, que los policías indios, con bigote y lentes negros, probablemente calcados de alguna dictadura latinoamericana de los 70, son adeptos al oscuro deporte de pasar y recibir billetes bajo la mesa. Decidí jugarla de periodista die hard antes que de blando mochilero y me prepare, como tantas otras veces, para este tipo de ocasiones. El pelo correctamente atado, lentes, y carpeta con mis artículos bajo el brazo. Me presente como periodista del inexistente Buenos Aires Times en un viaje asiático cuyo fin era promocionar el turismo sudamericano en el continente. El milico del otro lado del innecesariamente largo escritorio me escuchaba con poco interés. Prestaba más atención al adolescente cabo de uniforme deshilachado que entro con una bandeja con te que a mi discurso, y simplemente dijo que debía abonar U$S 40. Las cosas cambiaron cuando saque mi cámara de fotos y le tome un primer plano, asegurando que iría en el Hindustan Times del fin de semana. Desesperado, me llevó a una oficina donde, tras esperar varias horas, pero salí con mi extensión legal y gratuita.
Durante mi tiempo en Leh, debo admitir, poco hice para girar en la órbita local y sucumbí a la tentación de girar en el caleidoscópico mundillo transitorio de los visitantes. A veces pienso que el capitulo hindú de mi viaje carecerá definitivamente de la profundidad de campo que de alguna manera logre en el resto de Asia, y a seguido me redimo pensando India es un descanso, un recreo merecido del aislamiento cultural de Irán y Afganistán, donde rara vez encontraba otros occidentales, y si los encontraba, eran parte del paisaje local, como soldados de la NATO o miembros de ONGs. En Leh, como en el resto de India, en cambio, todo se trata de sentarse en un café y a los cinco minutos estar rodeado de franceses, israelíes, alemanes, etc.
Un estacionamiento de perros en Leh...
Aunque la mayoría de estas charlas se
borran de la memoria con asombrosa rapidez, en Leh conocí algunas personas cuya
especial sensibilidad las tornas indelebles. Una de ellas fue Eugenio, un pintor italiano que por su parecido con Da Vinci comencé a llamar Leonardo. Leonardo había pasado 12 de sus 74 años en India. La primera vez había llegado
con dos caballos desde Francia, en 1972, cruzando Afganistán, cosa que
enseguida nos hermano. Lo más sorprendente de Leonardo, sin embargo, no era su
enciclopédica experiencia, sino la calma y atención con que, a pesar de esta,
escuchaba las respuestas a cada pregunta que me hacía. Como si pensara seguir
viajando por otros cien años, justificaba su curiosidad diciendo que “siempre
es bueno acumular la experiencia ajena”. Nos encontrábamos siempre en el “café
de la punta”, donde llegaba puntualmente a las 6 pm con un ejemplar del
“Paraíso” de Dante bajo el brazo, edición Milano, 1926. Charlaríamos por horas
sobre un tutti frutti de asuntos, desde fotografía hasta los niños autistas,
por los que Leonardo sentía una querencia especial.
Virgilio no salió de las páginas de la Divina Comedia para acompañarme en el
viaje de regreso a Manali y al sur. Los poetas clásicos tienen aun prejuicios
con respecto al autostop. En cambio me gane la compañía de Ian, un sudafricano
de ascendencia holandesa cuya primera lengua es el afrikaans, una especie de
holandés clásico mezclado con algo de alemán, zulú, y una decena de dialectos
negros. A los holandeses que colonizaron el Cabo de Buena Esperanza se los
conoce con el nombre de Boers. El viaje de regreso a Manali fue lo
suficientemente largo para descubrir cuantas similitudes teníamos a pesar de
venir de continentes diversos. Para empezar, ambos éramos injertos de aventura
europea en el Nuevo Mundo. Tanto boers como tanos bajaron de los barcos con más
sentido de la aventura que del realismo, en latitudes similares (Buenos Aires y
Cape Town) y crearon un microclima lo suficientemente homogéneo como para
referirse al resto del continente como otra cosa. De la misma manera en que los
ingleses que van a Francia dicen que van a Europa, con esa misma identidad
insular, los sudafricanos van a África cuando van a Kenia, y los mochileros
argentinos que se van a Machu Pichu anuncian con bombos y platillos que se van
a… Latinoamérica! ¿Cómo si fuéramos otra cosa?
A Ian le gusta caminar descalzo, con lo que comencé a llamarlo Barefoot Boer
(Boer descalzo) que en inglés tiene cierta rima y humor, pero su nota
distintiva es sin dudas su fascinación por todo lo asiático. Vive y enseña
ingles en Taiwán, lo que no es tan terrible, si no perdiera la cabeza por todo
ese lote de mujeres de ojos rasgados. Durante todo el viaje, debí escuchar
sobre sus amoríos con taiwanesas y coreanas, para no nombrar a la malaya que
esperaba encontrar en Manali. Viajando en camiones Tata que se detenían
fácilmente con solo alzar la mano, llegamos a Tikse, donde hicimos un alto para
explorar el monasterio, que data de 1430. Aun no me queda claro de qué manera la vida monástica
es coherente con el budismo. Se supone que Buda llego a la conclusión de que la
vida es sufrimiento y que la causa del sufrimiento es el deseo cuando abandono
la clausura en que había vivido, rodeado de la comodidad de la vida familiar.
Parece que el budismo ortodoxo no toma nota de la importancia de esa etapa en
la vida de Buda, pues aun no he visto ninguna imagen en honor del “Buda
viajero”. Se imaginan a un Buda con el pulgar levantado a manera de mudra?
Maitreya, el Buda del futuro de 15 m de altura en Tikse.
La siguiente parada fue en Tso Kar, un lago a 4500m, en cuya orilla había un compacto campamento turístico ocupado principalmente por grupos preorganizados que realizan caminatas de varios días, con carpas, cocina, guías, caballos y todo. En la orilla del lago había dos ornitólogos austriacos que son las primeras personas que conozco que no necesitan explicaciones para entender que el anillo en mi mano izquierda es un anillo de numeral para cormoranes, y no uno de casamiento.
La siguiente parada fue en Tso Kar, un lago a 4500m, en cuya orilla había un compacto campamento turístico ocupado principalmente por grupos preorganizados que realizan caminatas de varios días, con carpas, cocina, guías, caballos y todo. En la orilla del lago había dos ornitólogos austriacos que son las primeras personas que conozco que no necesitan explicaciones para entender que el anillo en mi mano izquierda es un anillo de numeral para cormoranes, y no uno de casamiento.
Camino a Tso Kar
En el tercer día de viaje llegamos hasta
Pang, uno de los campamentos transitorios que ya había visitado en mi viaje en
dirección norte. Allí, lo único que viajaba en nuestra dirección era una enorme
nube negra. Como si los constructores del camino hubieran presagiado nuestro
episodio, un cartel amarillo en la banquina decía: “SMILE!”. Pero difícil se
volvía esa tarea bajo la lluvia que la nube negra no tardo en entregarnos, con
lo que regresamos al campamento para alojarnos en una de las tiendas.
Las
tiendas de estos campamentos, vale aclarar, no son más que viejos paracaídas
del ejércitos forzados con enorme poste de madera en una posición cónica.
Viejos paracaídas quiere decir que cada vez que llueve (todas las noches en
esta temporada) buena parte del chubasco se filtra por incontables grietas. Con
todo, el ambiente era lo suficiente relajado para recibir unas lecciones de
chino, idioma que Ian habla con fluidez, y que pronto voy a necesitar cuando
cruce los Karakorum desde Pakistán.
A Koksar, una aldea insignificante alrededor de un checkpoint, llegamos de noche, solo para encontrar a un milico que seguía las leyes al pie de la letra y repetía: “Ilegal! Ilegal! Las leyes de India prohíben que los extranjeros viajen en camiones”. Los roles eran claros, Ian seria el viajero bueno y yo el viajero malo. Son los casos en los que agradezco haber hecho alguna que otra obra de teatro en el Centro Cultural Cortázar. Es cuestión de girar la perilla de la memoria emotiva y hablarle al milico como si acabara de tirarme al suelo la cerveza. Y por supuesto, sacarle una foto. El hombre sonrió confundido, y pidió a los camioneros que lo acompañasen a la estación de policías, paréntesis que usamos con buen juicio para tomar nuestras mochilas y caminar camuflados por la noche a través del checkpoint. Habíamos cubierto cien metros cuando escuchamos un grito y notamos una linterna avanzando como luciérnaga patotera en la noche de los Himalaya. El camión que nos había traído hasta allí nos paso a plena velocidad, obviamente con instrucciones de no llevarnos, y el milico caminaba detrás. Entonces, desprendido de la pluma de algún escritor, con la sincronía propia de un ángel de la guardia, frena un jeep blanco. Como si fuera el dragón de la Historia sin Fin, montamos encima y gritamos: “chelo! chelo!” (vamos!). “Stop!”- fue lo último que escuchamos del servidor del orden. El fluir y el desorden nos habían conservado en su sana corriente, una vez más.
Llegamos a Manali apestando de sudor y mugre, oliendo a una fragancia que comercializaría con el nombre “After 475”. Después de 475 km de ripio. Eau du routard. En Manali el bóer descalzo y yo seguimos cada cual su rumbo. Solo espere al día siguiente 10 minutos por un rápido automóvil de tres hombres de Delhi que regresaban de sus vacaciones en el norte. “¿Cual es el fin detrás de tu viaje?”- me preguntaron. “Bueno…viajar, supongo” Les costaba, como a la mayoría de los asiáticos, concebir cualquier proyecto que no conduzca a un enriquecimiento material. En eso entran en pugna el concepto de la India que uno tiene antes de llegar aquí, como una tierra meramente espiritual, con la realidad. Por momentos pienso que la India recién se está entusiasmando con el capitalismo que los hijos alternativos de Occidentes despreciamos. Sin dudas que hay espiritualidad en India, pero coexiste con un cada vez más acervado sentido del materialismo, y corre riesgo de quedarse en fetiche. Estos hombres de negocio me mostraban esa creciente faceta india.
Me dejaron una hora antes de la
madrugada en la estación terminal de Delhi. Hay algo de opresivo en esas
ciudades donde el ritmo es tan frenético de noche como de día. Parecen ciudades
diseñadas para maquinas, no para humanos. Eran mis últimas 48 horas en India, y
mi mente solo fantaseaba con cruzar la frontera hacia el gentil Pakistán.
----------------------------------------------------------------------------------------------
Para
recibir en tu casa nuestros
libros “Vagabundeando
en el Eje del Mal- Un viaje a dedo en Irak, Irán y Afganistán” o “Un Tango en
Tíbet” sólo nos tenés que mandar un mail a acrobatadelcamino@gmail.com
¡El
libro espera a todas las almas nómadas que necesitan un empujón para salir a
recorrer el mundo con la mochila! Los enviamos por correo a todo el
mundo. Más
info aquí
Podés
seguirnos por Twitter o Facebook, o
recibír las actualizaciones via
e-mail suscribiéndote
en la barra lateral. ¡La vuelta al mundo a dedo continua!













.jpg)