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La primera impresión al pasar la simple puerta de madera es que no nos esperaban. Dos chicas se mueven de acá para allá intentando barrer montañas de cáscaras de girasol Una legión compacta de niños, no muy lejos, mastica y arroja cascaritas casi al unísono. Dos muchachas más preparan el mate. La madre, en una mecedora junto a la ventana, parece una matrioska rusa, y tejía una prenda para alguno de sus once hijos. El padre vino se sentó al lado mío, y me saludó en alemán, alentado por Pedro, quien le había anticipado que yo algo entendía.

A Raúl le llamó muchísimo la atención cuando preguntó por qué todos estaban comiendo semillas de girasol, y Pedro respondió: “Porque es domingo”. Leyendo entre líneas, los domingos se permite todo lo que los demás días se raciona. Las mujeres no participan de la charla. Mudas, ceban el mate, lo acercan o lo retiran. Si una lo olvida la otra se lo señala con un gesto nervioso. El padre, un hombre de frente anchísima, me hace varias preguntas sobre Alemania, país que no conoce. Es amable y formal.
Le pregunto por los nombres de sus hijos, y en fila me los nombra, pero salteándose a las mujeres. Ellas permanecen anónimas cebando el mate puntualmente. Hablan alemán medieval, pero toman mate... Es comprensible que, en ese entorno, las chicas no tengan mayores planes que, como su madre en la mecedora, dedicarse a parir diez u once hijos. Ningún miembro de la comunidad sale a realizar estudios al “mundo exterior”, y no hay más horizontes pensables que el de ama de casa. Occidente era igual hasta menos de un siglo, y Oriente los sigue siendo en gran medida. Quizás lo que me impacta, es la premeditada omisión de herrramientas para la disidencia o la diferencia en las nuevas generaciones.
Le pregunto por los nombres de sus hijos, y en fila me los nombra, pero salteándose a las mujeres. Ellas permanecen anónimas cebando el mate puntualmente. Hablan alemán medieval, pero toman mate... Es comprensible que, en ese entorno, las chicas no tengan mayores planes que, como su madre en la mecedora, dedicarse a parir diez u once hijos. Ningún miembro de la comunidad sale a realizar estudios al “mundo exterior”, y no hay más horizontes pensables que el de ama de casa. Occidente era igual hasta menos de un siglo, y Oriente los sigue siendo en gran medida. Quizás lo que me impacta, es la premeditada omisión de herrramientas para la disidencia o la diferencia en las nuevas generaciones.

Surge, claro, un dilema. ¿Hasta qué punto debe la ley nacional intervenir para asegurar una educación estandarizada con cierta clase de contenidos? En todo el tiempo que pasamos en la colonia, ninguna mujer nos dirigió la palabra, ni en alemán ni en español. Los chicos nos han explicado que ellas hablan sólo alemán. ¿Puede la familia y la comunidad proporcionar una educación que excluya la lengua necesaria para ser una persona libre en Argentina? Las escuelas siempre fueron fábricas de mentalidades, desde la época de Sarmiento hasta ahora. También se las ha utilizado para excluir las lenguas nativas americanas y “normalizar” y homogeneizar la población. ¿Será mucho pedir una ecuación bilingüe? Prohibido prohibir. ¿Llegará algún día a ser parte de una ética universal? Cuando dejamos la casa, Pedro nos dice que ya sabemos donde viven, que si volvemos a la colonia los visitemos. El Gol de Raúl pronto nos regresa a nuestra era. Nos pellizcamos para saber si no lo soñamos, mientras el rústico barman de un club de pueblo nos despacha una cerveza. ¿En serio estamos a 30 kms de ellos? ¿Y a cuántos siglos? Lo mismo, brindamos.
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