viernes, 23 de diciembre de 2011

REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE II)

Y después de tanto esfuerzo compartido, tantas horas frente a la máquina, tanta cadena de favores, finalmente la compu donada a través del Proyecto Educativo Nómada llegó a destino. Aquí va la segunda y última parte de esta travesía colectiva:




*Por Marcelo Maquez

Cuando finalmente llegué al puerto, bajo la mirada escrutadora de todos los Shuar que estaban ahí, me comunican que por el festejo de los 20 años de parroquización de San José, no habría canoas hasta el día siguiente. Intenté persuadir al pasero –así le dicen a quienes manejan las canoas- de que era de extrema urgencia y que necesitaba llegar a Tsunki ese mismo día. Sin éxito y tras 3 horas de conversaciones me dí por vencido. Fue entonces que ante mi insistencia me empezaron a preguntar por qué necesitaba llegar a Tsunki, cómo había llegado hasta ahí, y un sin fin de preguntas para nada buena onda. Decidí en ese preciso momento usar la carta ganadora (como Juan me había recomendado) de nombrar al padre Juan de la Cruz y decir que yo pertenecía a los salesianos de Don Bosco. ¿Carta ganadora? Ja! Eso los enfureció mas, porque Juan de la Cruz iría la semana siguiente a visitarlos entonces no tenía porque mandar alguien en su nombre. Cuando se me acababan las sonrisas estúpidas y los argumentos para no morir en el intento de entregar la laptop decidí que la verdad es más fuerte que la espada y la iba a utilizar, y dije “Voy a Tsunki por invitación de Pascual Yampis, soy amigo de Juan y Laura, dos maestros argentinos que estuvieron con él hace tres meses” Ninguna estampita, ni siquiera una foto abrazado a Dios hubiese surtido el efecto que tuvo esa frase. Nombrar a los creadores del Proyecto Educativo Nómada me convirtió, en segundos, de ser casi víctima de homicidio en una deidad. Se me acercó un hombre que decía ser el cuñado de Pascual y me explicó “Pascual está en San José, tuvo que venir para la festividad, él lo está esperando”. Increíble, la señal de celular había dejado de tener barritas en Mendez, pero que yo estaba ahí buscándolo llegó a los oídos de Pascual tan rápido como un sms. Me hicieron dejar la mochila más pesada en la tienda de una señora del puerto y me llevaron de vuelta a San José, adonde Pascual, tal cual lo había soñado, me estaba esperando. Llegué al lugar, saludé respetuosamente a todos los presentes (que vestían atuendos típicos y las caras pintadas como para un ritual) y acepté la chicha como para empezar la integración. Las miradas de desconfianza se habían transformado ahora en miradas de curiosidad, aceptación, y en algunos casos adoración.


Pascual después de un rato largo de mirarme sin hablar, se me acercó, me saludo y me dijo “Lo estaba esperando, yo soñé que usted iba a venir” y yo le respondí “Yo también soñé con usted”. A partir de ahí, me esperaba un día más en San José de Morona, pero esta vez, siendo parte de los festejos, y hablando con todo aquel que me viera pasar. Era el gringo que tenía un amigo Shuar, y encima todos sabían que llevaba algo para una comunidad. Algunos celosos y otros como expresión de deseo, me preguntaban por qué Tsunki y no Miasal, Tiwintza o Pankintsa. Me invitaban a sus comunidades, me pedían mi e-mail (aunque no supieran escribirme) y mi teléfono para que los visite más adelante. Definitivamente la suerte había cambiado.



Al día siguiente, gracias al cielo, pudimos abordar la canoa que me llevaría a Tsunki. Si creyeron que las complicaciones terminaban en haber logrado aceptación, bueno, se equivocaron. Seis horas de viaje en contra de la corriente rio arriba por el Mangoziza, rio famoso por sus anacondas, no son ni cerca de lo que uno llamaría un viaje tranquilo. Para colmo de males el rio estaba bajo, la canoa tocaba las piedras muy a menudo y tuve que bajar a empujar, repito en un rio ¡¡Con Anacondas!! 3 veces... Después de 4 horas de viaje, paramos en una suerte de comedor en el medio de la selva, y fue en ese preciso momento, mientras me contaban que en ese lugar era común ver a las tan temidas serpientes, que sobre la otra orilla, vi una posada tranquilamente, mitad del cuerpo bajo el agua, mitad sobre las piedras y la cabeza semisumergida. El frio que me corrió por la espalda, al ver tan imponente bicho, de color verdoso con manchas negras bien definidas y el diámetro de un desagüe, es difícil de describir. No tragué un bocado en todo el almuerzo. Terminado el recreo continuamos marcha otras 2 horas hasta Tsunki.

La felicidad que sentí de poner un pie en tierra firme otra vez es inenarrable. Todos me recibieron maravillosamente bien, llevaba caramelos, chupetines y ropa, era como papá Noel (Y eso que todavía no había entregado los libros ni la laptop). Me presentaron a los integrantes de la comunidad y llamaron a una reunión general para el día siguiente, donde anunciaría las buenas nuevas. El resto del día, me guiaron por la selva, a una laguna de caimanes, nos bañamos en el rio, me mostraron todo lo que cultivan y me agasajaron con una comida típica a base palmitos, mandioca, plátano y gallina –que mataron delante mío- que no podía rechazar. Me pusieron al corriente de cómo habían sido las cosas desde que Juan y Laura se habían ido y cómo los extrañaban. Lo tristes que se pusieron los niños cuando ellos se fueron, y también hablamos de la minería, la deforestación y los perjuicios que estas actividades causan en comunidades como Tsunki.



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La mañana siguiente en el lugar de uso común, juntaron a todos los de la comunidad, e hicimos la entrega de la laptop y los libros. Las caras de alegría, de incredulidad cuando les contaba el largo proceso que fue conseguir estas donaciones, cuanta gente participó, con dinero, ropa, un libro, recomendando alguien que podía ayudar... tanta información no entraba en sus cabezas. Y lo más importante, tenían una nueva herramienta que les permitiría educarse de otra manera y que el mundo no se los fagocite, tenían la tan esperada laptop. Las palabras de gratitud eran interminables. Los adolescentes no podían creer que tuvieran en sus manos una computadora, los niños no podían esperar a que fuera lunes y estar usándola en el colegio. Creo que ninguno de los que participamos en este proyecto soñábamos con dejar esa marca en la vida de tanta gente, con algo que, a priori, no modifica la vida de nadie.

Los libros fueron usados el día siguiente por Celestino, maestro de la escuela, encomendándoles tarea a los niños con ellos. (Gracias Betina Pucheta por gestionar la linda donación de tantos libros y ayudar a estos nenes con una herramienta tan importante!) Era maravilloso ver a todos los pequeños Shuar con los libros recién donados yendo para sus casas. Ni hablar de las caras de alegría cuando asistí a una clase y les enseñe algunas cosas sobre computación. Tal es así, que en señal de buenos augurios y agradecer las dádivas, nos cantaron y bailaron algunas canciones típicas Shuar. Querían también regalarnos artesanías y hacer un baile típico con los atuendos que históricamente usaron los Shuar, pero el tiempo no lo permitió. De cualquier manera, fuimos (hablo en plural porque todos Uds. viajaron conmigo) invitados a tomar chicha en casi todos los hogares de la comunidad. Nadie quería que nos fuéramos, pero sabiendo que eso sucedería de cualquier forma, insistieron en que volviésemos en un futuro no tan lejano. Debo decir, que ni  la iglesia, ni los españoles que los quisieron colonizar, ni los chilenos que los quieren ahuyentar con la minería, dejaron en la vida de esta gente tanta marca como hicieron Juan y Laura. Yo fui solo el mensajero, un privilegiado en esta historia, que sin las ayudas que recibí, entre ellas la invaluable participación y apoyo de Andrés Tarruella, no hubiese llegado hasta donde llegué.



Si hoy hubiera que reescribir la historia, y reinventar próceres, creo, sin temor a exagerar, que esta travesía que Juan y Laura empezaron hace tiempo figuraría en los libros. Esto de navegar por aguas que solo los indígenas conocen, de ir sin mapa a un lugar que no conocemos en el corazón de la selva, se asemeja mucho a lo que hicieron los exploradores en siglos pasados. Si pudiera transmitirles las palabras que los Shuar me dieron para Juan y Laura podrían entender porqué sostengo que son casi próceres para ellos. Pero a su vez, después de este viaje tengo otra certeza, nosotros no ayudamos a nadie, ellos nos ayudaron a nosotros. A entender cosas que escapan de nuestro alcance, a vivir de maneras que uno jamás hubiese imaginado, a tener otra percepción del mundo, de la naturaleza y de los efectos del progreso y de la globalización. Y por sobre todas las cosas, del respeto por la vida.

Antes de despedirnos, Pascual, en una de sus visiones de Ayahuasca, vio que Juan y Laura seguirían viajando mucho más y ayudando mucho más, y que yo, tal como sucedió en este viaje iba a seguirlos en ese camino con otra gente, ya estaba o que iría subiéndome a este tren que avanza a un ritmo que no nos damos cuenta, pero es muy firme. Por eso bastó una despedida austera pero emotiva, con una simple frase: Buenos Caminos!



REPORTE FINAL: CUANDO LA COMPU LLEGÓ A LOS SHUAR (PARTE I)

Aquí les dejo la primera parte de la crónica sobre la entrega de la computadora a la comunidad shuar, narrada por nuestro cómplice Marcelo, encargada de llevarla en persona hasta ese rincón tan bello de Amazonía.


* Por Marcelo Maquez

Sabía que no iba a ser fácil. El viaje se había gestado en 15 dias, y si bien soy un buen improvisador, y contaba con el antecedente que Lau y Juan habían estado en el lugar, mis únicas referencias eran los nombres de un río y de un cacique. 

Advierto al lector entonces, que no intento hacer un relato fantástico, ni emular el realismo mágico de Garcia Márquez, solo reflejar de manera fidedigna cada momento de esta aventura que arranco en Cuenca cuando Juan y Laura, mentores de este proyecto,
exponían los contenidos del Proyecto Nómada y conocieron a Pascual, el síndico Shuar de la comunidad Tsunki. 

Desde el momento en que abordé el bus que iba desde Cuenca a Mendez, a las 6 de la mañana, me costó mucho conciliar el sueño, estaba ansioso, había demorado mas de la cuenta en llegar hasta ahí, a causa de una intoxicación que me retuvo 2 dias en Guayaquil, sumado a la responsabilidad de llevar conmigo una mochila de casi 30 kilos, llena de donaciones -libros, ropa y una laptop- que decenas de personas habían hecho realidad. Era como si mi mochila no cargara donaciones, si no personas, era muy pesada, pero a la vez agradable de cargar. 

Además de todo esto, el bus era muy incomodo, y a pesar de ser de madrugada, la bachata sonaba a todo volumen. Era realmente una proeza, sin importar el cansancio, poder pegar un ojo, pero tenía que hacerlo. Cuando me di por vencido y acepté que la música no me iba a dejar dormir, que la luz del sol que ya asomaba sumado al calor agobiante de la selva, a las butacas que no se reclinaban y al garúa que entraba por las ventanas desvencijadas de un micro arcaico, fue justo en ese momento que caí fundido. 

Desperté llegando a Mendez, había dormido tan profundamente que tenía la sensación de haber roncado. Lo mas extraño de todo habia sido el sueño. En un mundo onírico que se desarrollaba al ritmo de bachatas y ronquidos, habia soñado que me encontraba con Pascual Yampis en San Jose de Morona, que no era necesario tomar la canoa e ir Tsunki para verlo. Lo raro es que no tenía ni registro de la cara de Pascual. Solo su nombre. Pero el sueño había sido muy nítido. 

A los pocos minutos el bus llegó a Santiago de Mendez, en el corazón de la provincia de Morona Santiago, y con un paisaje selvático ya bien definido, clima muy húmedo, un calor que rajaba la tierra. Como eran las 11 de la mañana, decidí desayunar yo también, y entonces averiguar como cuernos iba a llegar a San Jose de Morona. Acostumbrado a que en Ecuador nadie sabe responder lo que preguntás o todos te dan respuestas diferentes, no fue de sorprenderme que me dieran 15 versiones diferentes de un viaje que solo tiene una ruta posible. Finalmente opte por preguntarle al chofer del bus que acababa de dejar y él me dijo: “Después del desayuno, subite que te dejo en la Ye de Patuca (una Y que bifurca los únicos dos caminos asfaltados de la provincia) y de ahi tomás el bus a Puerto Morona.”



Así fue, me llevó hasta la Ye de Patuca, pero despues de 3 horas de esperar sin resultados, un policia caminero que controlaba la carga de los camiones que por allí pasaban, me advirtió que el próximo bus a San Jose de Morona pasaría por la noche. Decidido a no esperar 4 horas sentado en el medio de la selva, bajo la inclemente lluvia tropical que parecía decidida a no darme una tregua, empecé a hacer dedo. Todos, me paraban, a todos les interesaba saber que hacia un “gringo” en un lugar donde la población son exclusivamente Shuar y Colonos y que no tienen ningun atractivo turístico, para peor, se recibe bastante mal a los forasteros. Después de 7 horas de dedo, que incluyeron cruzar un río por un puente que amenazaba con caerse a pedazos y la pelea con un taxista que me levantó y luego quiso cobrarme, llegué, a las 8 de la noche y bajo un diluvio a San Jose de Morona.
Pensé que lo más difícil habia pasado, pero ¡Qué equivocado estaba! Me esperaban muchas mas trabas hasta poder entregar la laptop y los libros…. No voy a ahondar en detalles sobre este pueblo, solo basta decir que, tal vez, sea el lugar mas feo que me haya tocado visitar en toda mi existencia. Las casas despintadas, la calle que no contaba con veredas si no con un barranco de ripio de dos metros a cada lado, y la vegetación que se tragaba todo aquello que no fuera verde, no eran para nada llamativo. Parecía la obra a medio terminar de un pintor ofuscado con la vida.  En uno de los hoteles que describí me hospedé. Me llamó la atención que para ser un pueblo tan chico, en la frontera con Perú y casi inaccesible, hubiera tanta gente en la calle. Demasiada, mucho más de lo que podrían alojar los pocos lugares habitables que San Jose ofrecía.


La llegada a este páramo no fue lo que un turista soñaría, y aunque iba advertido que me mirarían con cara rara, los 10 minutos que tardé en conseguir lugar, bastaron para ser el centro de las miradas y comentarios (que no entendería porque, a pesar de saber español, entre ellos hablaban en Shuar). Ya todo el pueblo sabía que habia un gringo dando vueltas. Me encerré en la habitación del hotel –al que le faltaban 2 de los 4 postigos de sus ventanas y los dos que estaban no tenian vidrio- Y a pesar de ser las 9 de la noche me dispuse a dormir. La mala noche anterior en el bus, mas el interminable viaje para llegar hasta este lugar, habían sido suficiente desgaste. Además me tenía que levantar a las 4 AM el dia siguiente para poder abordar la canoa que finalmente me llevaria a Tsunki.

Dormir y Morona Santiago no parecen ser compatibles, ni bien apoyé la cabeza en la almohada, empezó a sonar a todo lo que da la canción “Alejate de mi”, de Camila mientras que un locutor anunciaba a toda voz el festejo de los 20 años de parroquización de San Jose de Morona, presagiando una noche a toda fiesta y musica. Como podrán imaginar, en un lugar de 300 metros no hay donde escapar del ruido, asi que me entregue a los festejos. Bah, los vi desde mi ventana, porque cuando intenté entrar a la fiesta no me dejaron por no ser Shuar. 

Cuando pensé que no podría escuchar ni un solo tema más de reggaeton o de bachata, miré el reloj y eran las 4:10 AM, agarré mi mochila y emprendí la marcha de media hora por la ruta, en la mas profunda oscuridad con la compañia de todos los ruidos de la selva, hacia puerto Keshpaim, donde tomaría la canoa. Uso bien el condicional tomaría, porque San Jose de Morona tenia preparado mas disgustos para mi... 

martes, 20 de diciembre de 2011

EVENTO EDUCATIVO EN ARACATACA: EL REGRESO DE LOS GITANOS


El Proyecto Educativo Nómade llegó a la ciudad donde nació García Marquez, y no quisimos irnos sin antes dejar nuestra huella. Con la ayuda de Tím Buendía, dueño de “The Gypsy Residence”, el único hostal para viajeros que tiene Aracataca, planeamos la muestra para un viernes a la noche y salimos a invitar a los vecinos.



Siguiendo con la costumbre de nuestro nuevo amigo, Juan se vistió con una falda hasta los tobillos. Caminando con bastón como para alimentar aún más el realismo mágico de su delgada y alta figura por las calles, Tim habló con los niños de las esquinas, con las señoras de las mecedoras y los vecinos de las veredas. Nosotros fuimos a la radio, mientas Juan se arrepentía de su ascético look y el locutor anunciaba a los gritos que los gitanos habían regresado a Macondo.



No sabremos con exactitud qué fue lo que surtió más efecto, pero lo cierto es que cuando regresamos al hostal nos encontramos con casi cincuenta personas esperando oír nuestra historia. Tampoco sabemos cómo hicimos para que todos entraran en el living, pero lo logramos. Cuando los nenes se dispersaban, uno se ponía a cantar “La lechuza” (no sabía que acá también existía!) y todos volvían a prestar atención. Y tanta convocatoria tuvimos, que no faltó ni el loco del pueblo.




Para ser honesta, me sentí un poco como Melquíades y sus alfombras voladoras, cuando les mostrábamos a los niños fotos de Antártida o de Medio Oriente, o cuando con un mapa abierto, descubrieron que Argentina no estaba tan lejos de Colombia.

Al día siguiente tuve una oferta para que me hicieran un peinado, y cuando nos fuimos no hubo cuadra en la que un niño no nos saludara por nuestros nombres. Obviamente, prometimos volver.

jueves, 15 de diciembre de 2011

TAGANGA: PERMISO SEÑOR MILITAR ¿PUEDO PESCAR?


Llegamos a Taganga, como cualquier otro viajero, en busca de una playa tranquila en el Caribe donde absorber la belleza del paisaje, en busca de un agua transparente y calma. Después de todo, pensamos, nos lo merecemos, desde hace casi un año venimos cruzando Andes, fríos páramos, altiplanos y selvas. Y aunque el lugar estuvo a la altura de nuestras expectativas, pronto nos dimos cuenta que algo más sucedía en el pueblo.

Taganga es una pequeña aldea de pescadores en el límite occidental del Parque Nacional Tayrona. Sus playas, sus corales y su cercanía al Tayrona propiciaron una invasión turística. De un año para el otro abrieron hostales, centros de buceo y discotecas. Se empezó a perfilar entonces una lamentable tensión entre la industria turística y la población local. Cuando llegamos, esta tensión estaba en un momento cumbre.


Los pescadores pasean por el pueblo cargando un ataúd simbólico, en representación de la muerte que le espera a la comunidad si se aprueba la cuota 40.

Fue cómico. Bajando por la única calle principal nos encontramos a los extranjeros en busca del mejor barcito para aprovechar un 2x1 de daikiris, gringos de Ray Ban y sombrero chic, esbeltas danesas de piel rosada con flores en la cabeza viviendo la aventura tropical de sus vidas a prudencial distancia de la realidad que grita en la otra cuadra. Sí, en la otra cuadra la puebleada se reune en asamblea espontánea, son los pescadores y sus familias. Acusan a la administración del Parque Tayrona de prohibirles pescar. ¿Cómo? Suena raro, pero recientemente, la ambición de ampliar la extensión del parque en supuesto interés de la ecología ha llevado a la creación de un Parque Distrital Dumbira. El problema reside en que el área de amortiguación del parque incluiría la famosa “cuota 40”, una franja dentro de la cual no podría haber viviendas.

Los tagangueros gritan, se ponen furibundos, lanzan discursos con modales de expertos sindicalistas. Pero no buscan carrera política. Hablamos con muchos pescadores. Desde hace un año no pueden tirar sus redes, o lo hacen previo pago de coima a la Armada. La misma Armada es la que patrulla la costa controlando que las embarcaciones no salgan a pescar.


Compartiendo la asamblea con los pescadores.

Cabe aclarar, en este conflicto de intereses, una cosa: el Parque Tayrona ha sido concesionado a la empresa francesa Aviatur, quien cobra cerca de U$S 18 la entrada por cabeza. A Aviatur no le interesa proteger especies marinas, sino aumentar la afluencia de gringos. Esta prevista la habilitación de nuevos centros de buceo, actividad que daña los corales más que la pesca tradicional, que no es realzada con redes de arrastre. Sin embargo, los centro de buceo mueven más dinero y deslizar bajo la puerta sobres con dinero más espesos que los pescadores.

Otro aspecto de la situación es la identidad. Los tagangueros no están contra el turismo. De hecho, asistí a las asambleas de los pesadores, y ellos recordaban con afecto la época en que llegaban caminantes, no tuistas, y compartían con ellos, salían a pescar y se quedaban en sus viviendas…. La industria turística, en cambio, los desplaza dentro de su propia tierra. No hablamos de los dueos de pequeñas hosterías, sino de los monopolios, de algunos inversores extranjeros, de Aviatur… Frente a esta fuerza exógena, los tagangueros han optado por empezar a recuperar, casi arqueológicamente, su identidad. Han recordado que alguna vez fueron como los Cogi o los Arawakos, y que llevan milenios viviendo al pie de la Sierra Nevada. Es la identidad los que les puede dar ese plus que los blinde contra las fuerzas anónimas e internacionales del mercado.

PROYECTO EDUCATIVO NOMADA EN TAGANGA



En ese proceso de crear identidad y generar consciencia del presente y memoria del pasado caemos nosotros, con nuestro Proyecto Educativo Nómada. La Casa del Patrimonio nos dio la bienvenida en un evento realizado sin convocatoria previa. Una hora antes salimos por las calles a invitar a los niños que jugaban a la pelota en la calle y a las familias que escuchaban vallenato en las salas de sus casas… Había llovido mucho y temíamos que no apareciera nadie. A la hora anunciada, de hecho, nos mirábamos las caras. Pero poco a poco se fue poblando la sala, la gente fue llegando con sus paraguas y pronto tuvimos un grupo compacto pero interesado. Proyectamos así nuestro viaje americano, con especial énfasis en el tema de la soberanía alimenticia, comentando los casos de los pescadores de las islas de San Nicolás (Argentina) y de aquellos de la costa ecuatoriana con quienes nos embarcamos a pescar langosta hace algunos meses. Remarcamos la importancia de la unión, dando los ejemplos de las asambleas autoconvocados contra la minería en Argentina, como las de Andalgalá o Famatina. Seguims explorando el continente, ahora rumbo a Aracataca, el legendario pueblo que inspiró el Macondo de García Márquez…

martes, 13 de diciembre de 2011

CULTURA AFROCARIBEÑA: GETSEMANÍ Y EL EROS PROLETARIZADO






El alma de una ciudad siempre se manifiesta en recovecos que deben contener cierta dosis de mugre. Es como el ingrediente secreto de una pócima. Eso la aprendí la primera vez que emigré a Europa: caminaba por las calles irlandesas y todo era tan pulcro que me faltaba el aire, era como desfilar por la maqueta de un arquitecto. En Colombia, donde el paradigma de “lo bonito” es un centro comercial, uno queda obligado a alejarse de las “zonas rosas”, y si uno anda como sabueso detrás del alma cartagenera, toca ir a sitios como Getsemaní. A mi me pareció sentir el alma de Cartagena en la Plaza de la Iglesia de la Trinidad.

Lo que encuentro allí es una configuración urbana real, con baldosas gastadas por los niños que corretean persiguiendo la esfera más lúdica de la historia, con gaitas tocando champeta a pura flauta y llamador y abuelas que ventilan sus lustros en los umbrales de sus casas, hamacándose serenamente en sus mecedoras como si estuvieran acunando al mismísimo tiempo. Hay familias enteras esperando por sus perros o arepas rellenas en puestos de comida callejeros, y la tienda de la esquina no deja de dispensar cerveza a quienes luego hacen de la plaza su pub, haciendo más honores a la etimología del vocablo sajón (public house) que ningún pelirrojo.



La fachada de la iglesia preside toda la acción, incluso la magnifica por el contraste con la solemnidad que debería irradiar. Pero falla, se vuelve cómplice de la barriada alegre. Y sin embargo, siento que lo que hace el pueblo es comulgar, en el sentido más riguroso de la liturgia popular local.

Acaso esa misma cohesión sea la que ha permitido que Getsemaní sobreviva como un bastión habitado en medio de la tendencia desplazadora del turismo. La gente que vivió aquí nunca fue rica, como la del centro histórico, sino más bien fueron trabajadores portuarios, indios y esclavo libertos. Quizás no adornaban sus puertas con aldabones, pero nadie puede dudar de su arraigo por el lugar. Tres siglos después, los descendientes de los cartageneros originales siguen aquí, las niñas andando en monopatín, los hombres apostando miseria por fortuna en los tragamonedas que todas las tiendas tienen tras un tabique.





La champeta es otro símbolo de ese arraigo. Desde los años 20’ se llama “champetudos” a los cartageneros de los barrios más alejados del centro, pero desde los años 70 se consolidó la “champeta” como un género musical, con gran influencia de ritmos africanos (soukous, highlife, mbquanga, juju) y de las Antillas. Cuentan que cuando en los 50 llegaron al país los primeros discos de intérpretes de Mali y Senegal, la gente se identificaba con esos ritmos como si acabaran de reencontrar su reflejo frente a un espejo. Es que a pesar de los siglos transcurridos los cartageneros seguían intuyendo en ese ritmo su origen.



Las inundaciones de la temporada nos impidieron visitar San Basilio del Palenque, primera población libre de Sudamérica, fundada por esclavos fugados de sus amos. Pero sí pudimos mantener largas conversaciones con Angela, una palenquera de pura cepa a quien todas las mañanas comprábamos ensalada de frutas. La mujer parece una paleta de pintor ambulante, con su vestido policromático. Sobre su cabeza carga una fuente repleta de piñas, mangos, papayas, melón  y manzana. Las corta en rodajas con arte y calma, sólo bajo pedido. Si un turista le dispara una fotografía se cubre con un abanico o con la punta de su larguísima pollera. Pero a nosotros ya nos conoce, y además le damos conversación. Hace 20 años que vende frutas en la ciudad histórica. “En San Basilio no hay trabajo, toca agarrar el machete e ir a cortar yuca”. Que paradoja, que Angela deba ganarse la vida vendiéndole ensalada de frutas a los turistas en la misma plaza que era un antiguo mercado de esclavos, y de la que sus ancestros escaparon. Liderados por Benkos Biohó, un príncipe nacido en la actual Guinea Bissau, estos negros cimarrones lograron reproducir su cultura africana a salvo de la corona española. Las mujeres huían con semillas ocultas en sus trenzas, e incluso codificaban mapas en sus complejos peinados para que otros siguieran sus pasos. 




En los días en que visitamos Cartagena se aproximaban las Fiestas de la Independencia y era fácil ver a los conjuntos de champeta ensayar en las gradas de la Iglesia de la Trinidad. Tambor (llamador), flauta y maracas, con sencillos instrumentos pulían un swing con un sabor afro innegable. Para ese entonces nosotros ya íbamos y veníamos por las callejuelas de Getsemaní como locales. En la plazuela, mientras vendíamos libros artesanales, habíamos conocido a dos becarios españoles que trabajaban en la Agencia de Cooperación Española, y había resultado que Miguel era amigo íntimo de Antonio Hedilla, quien me había alojado a mí en Madrid en 2007. Así las osas nos pasamos como una semana en su casa, jugando al truco y a la pocha con barajas españolas, y explorando la ciudad.


Cartagena es una ciudad que prohibió el silencio. Especialmente en estas fechas de festejos de la Independencia, sale música de cualquier casa y a nadie se le ocurriría hablar de ruidos molestos. Las familias sacan sus mecedoras y sus parlantes a la calle y bailan entre vecinos. Misteriosamente, el barullo no disturba a los concentradísimos jugadores de ajedrez que se baten a duelo en miniatura sobre los bancos de la plaza. Miguel me contó –como quien revela una conclusión extraída tras una larga observación- que “no cualquiera se sienta a jugar contra ellos. Tienen un esquema de clasificación complejísimo”. Al parecer, a la plaza sólo llegaban luego de haber conquistado plazas menores, avanzando desde las periferias hacia el centro. También sorprendía la atención con que un público borracho de vallenato y  ron seguía el detalle de cada partida. Había momentos en que no volaba una mosca, y parecía increíble que el mismo público que hacía fila para pedir arepas se especializara en el arte del peón-4-rey.



Algo más debe decirse de Getsemaní, y es que busca desesperadamente su identidad. Mejor dicho, busca rostros físicos que puedan merecer el caudal intangible de identidad. Y eso se nota en los murales de Pedro Romero, un héroe local –afrodescendiente- de la independencia colombiana. Un día se dieron cuenta que en el Museo Nacional en Bogotá, había un marco vacío entre tantos retratos de próceres criollos. Nadie se había tomado la molestia, en cambio, de copiar para la eternidad el rostro de Pedro Moreno. Y por eso se llamó a concurso público para darle una cara visible. De un día para el otro la gente comenzó a animarse, a adivinarlo en murales. Y no eran artistas plásticos reconocidos, sino artistas barriales envalentonados por la vendetta histórica contra el anonimato. Hasta el día de hoy, la narrativa histórica venía dictada por las elites criollas que –como en Argentina- se erigieron como fundadores de la patria, curiosamente desvinculándose de la herencia española que les calaba la sangre. Y de todas estas cosas hablábamos con Miguel mientras almorzábamos pasta comprado en paquetitos de 125 gramos y preparada con crema de leche de y cebolla de verdeo (“cebollín” para los colombianos). De vez en cuando, María caminaba ceremoniosamente hasta la heladera y desclasificaba santas anchoas y jamones ibéricos. Imaginamos que los dosificaba según ocurriera algún grato momento, por lo que nos sentimos agasajados. Futuros escritores, no imiten este estilo, no es aconsejable abrir un párrafo hablando de identidad y cerrarlo con apreciaciones culinarias sobre la cebolla de verdeo….

Desde Cartagena hicimos una corrida hasta la frontera venezolano para renovar la visa. Eo nos dio una oportunidad de ampliar nuestro panorama del Caribbean Way of Life. Pero del Caribe que queda fuera de los hoteles all inclusive. Me refiero a poblaciones como Ciénaga o Pueblo Viejo. Las casas de estos pescadores están construidas con tablas de madera que aparecen apoyadas unas con otras con sumo optimismo. Sus niños caminan esquivando cáscaras de mandarina que pasan flotando y alguna que otra rata. El agua les llega por los tobillos, agua estancada  oscura.

Y aun así se las ingenian para jugar al fútbol.

Y a pesar de todo, aquí predomina la rumba.

Una rumba que es la fuga más próxima de una pobreza que los arrincona con la complicidad de este noviembre tan lluvioso. Entonces de cada casa sacan parlantes llamados “picós”. Son del tamaño de una persona, y firuleteados como las chivas. Aunque mañana no haya qué comer, hoy beberán hasta la madrugada para olvidar. Amanecerán en la hamaca hasta que la oscuridad insinúe una nueva rumba. La música es tan -incomprensiblemente- alta, que pasar en camión por esta población es como ir girando el dial de la radio, de un ruido al siguiente. En estas fiestas, el ser humano pasa a ser un detalle minimizado por el protagonismo del audio y la cerveza.

Un camionero antioqueño que trabaja en la zona hace años aún está sorprendido de las historias familiares, del incesto y de la poligamia tácita que caracterizan a la región. El Carpe Diem que campa en estos pueblos anfibios hace pensar en un culto al instinto. Bajo el acuoso calor caribeño, el vallenato y los picós convocan a cualquier cosa menos a la plegaria. Chicas de 17 años embarazadas nos miran desde la hamaca, mientras sus dos primeros hijos le tironean de la falda. Es muy probable que no sean todos del mismo padre. Casi todos los hombres tienen hijos con mujeres que no son sus esposas. Mientras esa hierba crece en todo el mundo, la novedad regional es que aquí la mujer lo acepta, porque si apenas hay trabajo para los hombres, a la mujer sólo le queda suplicar que un hombre mantenga su hogar: la fidelidad se vuelve un lujo moral erradicado por la necesidad económica. Algunos hombres, incluso, hacen vivir a sus mujeres una enfrente de otra para simplificar el régimen de visitas.


El futuro –y su reino subsidiario de infiernos y dioses correctores- no sobrevive a  esta exaltación del decibel y del presente, y así la raza se vuelve un juego de espejos; más que un árbol, una jungla genealógica. El Caribe propone una proletarización del eros, que en sultanatos y emiratos late cautivo en los harenes de los potentados. Pero no se trata de una reivindicación del amor libre a lo hippie, aquí el amor les ha sido quitado, es lo último que está en juego: las niñas se casan a los 16 para huir de padres golpeadores, y engendran para asegurarse una mensualidad. La sexualidad es rehén de la más básica necesidad de supervivencia. Claro, siempre habrá alguien que acotará: “Son pobres pero disfrutan de las cosas simples de la vida”. Pero la realidad es más reticular, complicada, con cámaras secretas como la sala de ensayo de un mago.

Es el eros como fuga del presente y perpetuación aritmética de la pobreza en el sentido Malthusiano. En otro aspecto, se vuelve moneda de cambio. Hay que ser muy miope para visitar Cartagena y no toparse con los burdeles sucios, con las muchachas ofreciéndose con desesperada sonrisa y mirada perdida, haciéndote ojitos desde una columna. Prueba de que ya no alcanza con huir como cimarrones a fundar palenques en el monte. Hoy la comunidad afrodescendiente puede tener pleno derecho a la propiedad, a pisar las baldosas de las plazas donde antes eran vendidos como esclavos, pueden estar en las publicidades de Benetton, pero están en este mundo librados a su propia suerte.

sábado, 10 de diciembre de 2011

¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS? - FRANCOTIRADORES DE PAZ EN CARTAGENA

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quien doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions





POR LAURA LAZZARINO

La madeja de historias que se van tejiendo en este viaje tiene inicio, por lo general, en dos actos puntuales: cuando hacemos dedo, o cuando vendemos libros. Los resoplos de fortuna, las piruetas del azar, las acrobacias del camino. Cada historia se gesta como una contingencia casual, y lo que amo, precisamente, es sentarme a mirar hacia atrás y observarme a mí misma pronunciando esos libretos escritos por el destino, siguiendo las veredas indicadas para toparme con ese, que será el próximo personaje del siguiente capítulo. La sensación de tener la llave del futuro y a la vez ignorar la respuesta correcta es lo que me lleva a seguir andando, a sentirme viva, a querer siempre más.

La primer imagen de este capítulo tiene como escenario la Plaza de la Trinidad, de la que hablé en el post anterior. Era la primera noche en que salíamos con Juan a vender libros por Cartagena y no teníamos muy claro aún ni los horarios, ni el mejor recorrido a tomar. Ya casi habíamos cumplido con la expectativa de la noche: un solo libro más vendido y habríamos alcanzado el objetivo que nos habíamos propuesto. La plaza, como aprendería con las noches venideras, estaba repleta de gente, aunque en su mayoría eran locales. No había potenciales lectores a la vista. Juan apostó por una pareja que ni bien nos acercamos empezó a besarse de manera desaforada. Yo fijé mis ojos en un chico de remera a rayas, que sobresalía un poco del grupo de extranjeros que esa noche reinaban en las escaleras de la iglesia. Por su apariencia no era ni un artesano ni un gringo de revistas, así que intuyendo que podíamos al menos entablar una conversación, fuimos hacia él.

Se llamaba Miguel y lo primero que declaró cuando le entregamos el libro fue: ¡Pero yo a ti te conozco! ¡Tú eres el Acróbata del Camino! Sí, no sólo lo conocía, sino que Miguel era amigo personal de Aurora y Antonio, dos viajeros españoles que alojaron a Juan durante su estadía en Madrid, allá por 2006.


Nosotros estábamos en un tren veloz que nos obligaba a renovar la estadía en Colombia antes de que mi mamá llegara. Teníamos dos opciones: o viajábamos a Venezuela, y hacíamos “trampa”, saliendo del país y volviendo a entrar, o pagamos los 75 mil pesos colombianos (unos U$D35) y la renovábamos acá. Habíamos decidido seguir la primera opción. Así que esta noche conversamos con Miguel un buen rato y nos fuimos a dormir, no sin antes aceptar su número de teléfono por cualquier cosa que necesitáramos. Y aquí viene una advertencia a los lectores: a menos que realmente quieran recibirnos, no nos dejen sus números, porque de seguro que nos vamos a abusar de su predisposición… ;) Quedaban aún unos diez días antes de la llegada de mi mamá, y decidimos quedarnos unos días más en Cartagena para dejar el blog listo antes de seguir. Lo llamamos a Miguel. Esa misma tarde estábamos instalados en su casa a pleno tipeo rítmico.



Miguel es español y vive junto a María, su compañera de piso. Ambos son becarios que trabajan en la Agencia de Cooperación Española. Esa tarde María estaba particularmente complicada: en vísperas del Bicentenario de independencia de la ciudad, la Embajada Española estaba organizando un concierto de campanas, como parte de la celebración, y ella estaba al mando de todo. Habían convocado a Llorenc Barber y a Monserrat Palacios, famosos a nivel mundial por dirigir este tipo de conciertos, y necesitaba coordinar toda la producción del evento que se llevaría a cabo al día siguiente. Nosotros, por nuestra parte, seguíamos inmersos en el monitor, intentado coordinar una muestra en la biblioteca y preparando algunos artículos sobre los shuar. Pero nuestra atención se desviaba continuamente a la charla sobre el concierto. Y yo me preguntaba: ¿qué tan mágico debe ser ir por la vida haciendo sonar las campanas del mundo en interpretaciones histriónicas que rompan con la monotonía de la ciudad? Nunca se me había ocurrido que algo tan tosco e inaccesible como una campana podía ser usado con ese fin.

Evidentemente Juan estaba en la misma situación que yo, porque ni bien Migue empezó a preguntar “Vosotros no estaríais interesados en…” dijimos que sí. Claro que sí. ¿Cómo perdernos semejante la oportunidad? Por supuesto que no había sido un “sí” muy pensado, porque cuando empezamos a oír de partituras, directores y demáses, volví a tener ese sentimiento que hacía años que no experimentaba: el de estar al frente para dar examen y saber que mi suerte dependía exclusivamente de mi capacidad de improvisación. En la vida tuve contacto personal con la música. No que no me hubiera encantado, pero simplemente no se dio. “Tal vez esta sea mi oportunidad”, me dije, mientras esa misma tarde hacíamos equilibrio en una infinita y desvencijada escalera caracol que nos conducía por un túnel oscuro y tétrico hacia la parte más alta de la iglesia.


Allí arriba el aire de Cartagena se filtraba con soltura por las torres. Eran ya las seis de la tarde y debíamos aprovechar el tiempo. Monserrat repartió guantes y tapones y nos asignó los puestos correspondientes. Juan iría en el equipo de la campana mayor, y a mí me tocaría una lateral, junto a María. Apenas entendí cuales eran los lugares, Monserrat comenzó con las indicaciones y empezamos a hacer los primeros “Clonnnnnnnn”. Yo seguía procesando todo. Antes de esta experiencia, la única imagen mental que tenía de un campanario era la del feliz Quasimodo volando por las aires colgado de una cuerda, así que pensé que mi trabajo sería ese: jalar de una soga pesada cuando me lo indicasen. Ya me imaginaba, inclusive, saltando por el aire agarrada de la amarra. Lo que nos encontramos allí arriba fue mucho menos emocionante. Las campanas estaban a unos centímetros del ras del piso, por lo que había que agacharse y empezar a traer el badajo con ambas manos (así aprendí que se llama la pelota esa que cuelga dentro de la campana y que la hace sonar). Al principio todo parecía fantasía, pero tras diez minutos de ensayo, de estar agachada presa de semejante trozo de metal y de traer hacia mí una bola que pesaba sus buenos kilos, la imagen dejó de ser celestial, y entendí porque el Jorobado es jorobado, porque tiene unos tremendos brazos de gimnasio y porque camina todo torcido. (Lo que no entendí es porque siempre se está riendo). Además del calor, de la caca de paloma circundante y del ejercicio físico, había que andar esquivando cucarachas mientras, con el cuello torcido, seguíamos las indicaciones de la directora que agitaba los brazos desaforadamente para que todos la pudiéramos ver. Y en uno de esos momentos de incómoda posición no tuve mejor idea que querer reemplazar a María y meter mis manos justo cuando ella estaba dándole al badajo con más fuerza. Y sí, me apreté el dedo gordo ni más ni menos que con la campana de la Catedral de Cartagena. Ojo, eso no le pasa a cualquiera.



Cuando el ensayo hubo terminado yo ya tenía más o menos en claro el orden de los golpes que había que dar. Además de hacer sonar los pesados instrumentos, debíamos maniobrar unas varillitas que hacían ruiditos más delicados, unas flautitas de cotillón y soplar también por unos tubos flexibles, de esos que se usan para los cables de la luz. El hombre orquesta, un poroto.



Al día siguiente nos reunimos por la mañana para dar los toques finales en un último ensayo. Monserrat había dejado a cargo a Carolina, una veinteañera con experiencia en coros, que sería su reemplazante. Pero acorde pasaban los minutos, los sonidos se volvían cada vez más desastrosos, la coordinación fallaba por completo y la directora se sumía en una actitud meramente caprichosa de no querer hacer gestos exagerados, de no querer señalar uno por uno, de no querer dejar de mirar la partitura para mirarnos a nosotros. Y pronto un simple ensayo de algo que, a mi modo de ver, era ciento por ciento “disfrutable”, se volvió el culebrón de media tarde, con brujas crueles, falsas cenicientas y el llanto fingido de lágrimas que no querían salir. Por Dios, que lejos estoy de toda esta mamarrachada adolescente… Tan lejos, que sin saber un pito de música, sin ser parte de este grupo que se conoce hace tiempo y sin tener experiencia en dirigir ni el tránsito siquiera, me ofrezcí a tomar las riendas del asunto y hacer sonar las campanas como Dios manda. Llorenc llegó a calmar los ánimos, pidió improvisación, pidió sonrisas, pidió pasión: “tenemos que querer dormir con las campanas, abrazarlas, poner nuestro amor para que suenen distinto a la misa del domingo. Esto es como hacer el amor, hay que empezar primero suave, de a poco, lento, y al final ¡orgasmo! Y darle duro al badajo para que los sonidos viajen a toda la ciudad y podamos gritarle a Cartagena que aquí estamos nosotros, que somos como francotiradores de paz!” Sí, yo también pensé que estaba loco, pero me caía simpático. Soy mujer, no sé como tocar a otra mujer, pero entendí el mensaje y la pasión de este hombre por estos toscos objetos olvidados. Pero mientras yo me deleitaba con la poesía de Llorenc, Carolina entraba en ataque de inmadurez y se quejaba de su incapacidad de salirse de la partitura. No quería improvisar. Lo increíble sucedió cuando, en medio de su ataque infantil, pronunció unas palabras tan ciertas, tan paradógicas, que nos dejaron a todos mudos: “Esto es una cuestión de geografía. Usted viene de España y nos pide improvisación, pero nosotros somos caribeños. ¡Aquí no nos podemos salir del 1, 2, 3 de la salsa! ¡Yo no puedo independizarme de la partitura, ignorar el papel!” Increíble. Increíble. En vísperas del Bicentenrario de la Independencia, esta cartagenera no puede independizarse del papel. Llorenc se rinde y le dice, en otras palabras, que haga lo que quiera, que va a estar bien. Ella busca llamar la atención, amenaza con dejar la dirección, pero nadie entró en pánico. Yo reitero mi oferta. A decir verdad, me moría de ganas de tomar su puesto. ¿Qué me importa si no se leer una nota musical? Me sé más o menos los tiempos, ¿quién se va a dar cuenta?


Mi campana y yo, durante el último ensayo


Juan y la campana mayor. Había que turnarse entre 3: pesa más de una tonelada.

Pero no tuve la suerte. A las seis de la tarde nos dimos cita otra vez en el campanario, con energía, y con una Carolina un poco más predispuesta. Al sonido del fuego artificial, comenzamos nuestra tarea. Al principio, con calma. No se veía mucha gente y los ritmos son lentos. El recital duraba 40 minutos, así que mejor no casarse de entrada. Sin embargo, a medida que corren las agujas la alegría se empezó a sentir en el ambiente. Abajo, la gente esforzaba la vista para descubrirnos. Nuestros brazos pesaban, pero seguimos. María alentaba, saltaba, y la directora finalmente se liberó y empiezó a dejar fluir los golpes metálicos y sonoros, agitando los brazos, revoleando su cabeza. El dolor de los brazos pronto se volvió adrenalina y sentí más energía que nunca. Le di al badajo con todas mis ganas. En ese momento quería gritarle a la ciudad que era yo la que estaba ahí creando música, que era gracias a mí que esa campana no suenaba ni por misa ni por muerte, sonaba por la vida, por la vida de una sociedad y por la vida mía que se enriquecía con cada golpe de badajo.

Toda esa gente nos estaba escuchando!

Cuando el cronómetro marca el final el campanario sabe a vestuario y a victoria. No sólo lo hemos conseguido, sino que lo hicimos juntos, y superamos la prueba. Estamos sudados, exhaustos, pero sonrientes. Y si John Doone estaba en lo cierto, si la muerte de cada hombre es también en parte mi muerte, yo hoy siento que la vida de un pueblo es también la mía, que no me importa ser entranjera, ni viajera, ni momentánea. El grito de la vida es también mi grito, la gloria de este pueblo no me es ajena. Hoy, cuando la noche termina y el concierto es historia, se que cada vez que a lo lejos oiga el burdo sonido, inevitablemente pensaré en Cartagena. Y cada vez que me pregunte quién está detrás de esa nota huérfana, por quién suenan las campanas, podré decir con seguridad: las campanas suenan por mí.




miércoles, 7 de diciembre de 2011

CARTAGENA: HIPPIES, BRUJAS Y EL MOSSAD EN CALZONES...







ACTO I: CARTAGENA Y LOS HIPPIES

William va y viene de Antiochia a la costa divulgan la “revolución ideológica”, doctrina de la que se dice fundador, e intentando convencer a los costeños de que no es buena idea vender su voto a cambio de un sancocho cuando llegan las elecciones. Por supuesto, los costeños no le entienden y le hacen burla. ¿Cómo desaprovechar semejante oportunidad, de un almuerzo gratis a cambio de arrojar un papelito por una ranura? Además de ideas, lleva en su camión mochileros. Pero William ya está acostumbrado a que no lo escuchen, no le hicieron caso los hippies de Medellín, que prefirieron terminarse toda la morfina que regalaban unos cubanos de Miami para sabotear la lucidez del movimiento. Me contaba mientras cruzábamos los Montes de María, baluarte paramilitar, y yo recordaba el poema “Aullido” de Allen Ginsberg: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricas, hambrientas, desnudas…” Asi fue que llegué a Cartagena de Indias pensando si el movimiento hippie había muerto de éxito, como sugieren algunos, o si acaso íconos como Woodstock habían sido el comienzo del fin, un anuncio de lo que se venía: la perdición química y la adicción a la estética de la revolución.





ACTO II: CARTAGENA Y LOS AGENTES SECRETOS


Me voy a concentrar en Cartagena –me dije a mí mismo. Pero al principio tampoco funcionó, porque mientras yo intentaba imaginarme mapas coloniales con galeones y cañones apuntando a los piratas enemigos, la realidad dibujaba delante de mí un suburbio muy poco colonial. El camión de William nos acababa de dejar en la zona de la estación de servicio El Amparo. Nuestro anfitrión vivía en una zona industrial. Pero yo igual hubiera podido pensar en galeoncitos y murallas y doblones desde cualquier suburbio, el tema es que ahora resultaba que ese kinder sorpresa que es Couchsurfing había decidido que nuestro anfitrión sería un fabricante de armas belga, que después de ser agente secreto del Mossad había huido a Colombia para escapar de Saddam Hussein ¿Y todavía quieren que piense en cañoncitos? El hombre fabricaba blindajes, y daba vueltas por la calurosa casa en calzoncillos pensando en nuevos polímeros para chalecos antibalas, y desafiaba a su hijo de 8 años a adivinar el calibre de las más diversas armas. Para acompañar sus dos hijas tocaban el violín y el clarinete desde la habitación. Ocasionalmente, el hombre daba algún paso de baile o canturreaba canciones francesas de los 60. Cuando unos evangelistas golpearon a la puerta él sencillamente les dijo. “¡Dios no entra en esta casa!” – y siguió conversando sobre bombas de racimo con su hijo. Estábamos cómodos con nuestra pomposa familia, pero eso no era Cartagena…





PASAMOS DEL MOSSAD A LA BRUJERÍA...


Entonces nos mudamos un poco más al centro, y la primera obligación era recorrer la ciudad amurallada, que aún encinta a la ciudad alrededor de más de 11 km. La ciudad fue fundada en 1533 por Pedro de Heredia, y automáticamente se transformó en el puerto más importante de la América hispana, trampolín de salida del oro saqueado en todo el continente. Con tanto movimiento de divisas, la ciudad fue pronto un punto de saqueo obligado para los piratas de aquel entonces. Saquear Cartagena deba reputación, además de riquezas. No tardaron en llegar Francis Drake y Edward Vernon. El último sitió a la ciudad en 1741 con 186 navíos y 31.400 hombres, la flota más grande reunida hasta el Desembarco en Normandía de 1944. La muralla fue, precisamente, una respuesta de la corona española para defender su punto estratégico. Hoy, los cañones siguen apuntando a piratas invisibles, y algunas parejas se besan en los antiguos nichos de artillería…



Lo que la muralla con tanto ahínco protegió, es hoy lo que atrae a visitantes de todo el mundo. Dentro de su perímetro, yace intacta una ciudad colonial española. No pienso demorarme en enumerar iglesias con nombres de santos, pero si quiero contarles algunas impresiones. Ya de por sí, hay algo extraño en ver arquitectura colonial española con fondo marítimo. Uno entra a la citadela por la Torre del Reloj (1888) y enseguida se encuentra con la Plaza de los Coches, donde antiguos carruajes esperan en fila a parejas de turistas que los abordan para paseos románticos. Lo curioso es que la misma plaza era el sitio donde se subastaba entre los nobles locales a los esclavos recién llegados de África. “Éramos como perritos” – dice Ángela, una palenquera que vende ensalada de frutas sobre esas mismas baldosas donde sus antepasados descalzos eran traficados. A pocos metros de allí está la iglesia de San Pedro Claver, primer santo nacido en el Nuevo Mundo, que se llamaba a sí mismo “esclavo de los esclavos” y los compraba para liberarlos.






La ciudad amurallada se dividía, a su vez, en clases sociales. En los barrios de El Centro y San Diego vivía la clase alta y media respectivamente. Son las casas más fotografiadas de Cartagena, pero lo interesante está en los detalles. Mirando hacia arriba es posible ver que en cada casa las tejas de las esquinas están arqueadas en punta. Sucede que la Inquisición tenía su propio palacio administrativo en la ciudad, la sucursal de la barbarie. Como se creía que las brujas se sentaban sobre los tejados a espiar a las familias nobles de la ciudad, se colocaban las tejas puntiagudas (llamadas “acrótafes”) para espantarlas. Pero la locura iba más lejos: la Inquisición sospechaba de todas aquellas mujeres que pesasen menos de 50 kilogramos, considerando tal el peso ideal para levantar vuelo en una escoba. Por motivos que no quedan claros también multaban a aquellas que pesaban más de 60, debiendo pagar un gramo de oro por cada kilo de exceso. Sí, hay cosas que son caprichosas: a actual escuela de las Monjas de la Presentación fue, hasta 1750, una fábrica e aguardiente…






CARTAGENA Y LAS PUERTAS


Dejando de mirar techos, y prestando más atención a las puertas, uno se da cuenta que no todos los que vivían dentro de la muralla estaban en pie de igualdad. De hecho, todos competían. Para pertenecer a la clase alta, no alcanza con tener dinero: según un viejo dicho cartagenero hacían falta distinción, privilegio y prestigio. Este último se codificaba en los enormes llamadores de bronce de cada puerta, llamados aldabones. La figura representada decía algo sobre los propietarios. Las familias de mayor influencia social elegían usualmente una iguana. Una cabeza de león –poder y dominio- habla de una familia con miembros en el Ejército. El rey Poseidón, en cambio, anticipaba aquellas moradas de jueces y abogados. Como es predecible, sirenas, anclas y ostras nombraban las viviendas de aquellos que tenían comercio de ultramar. Cuando el ocupante de una vivienda era en cambio un artista o maestro se usaban aves, pues se entendían que volaban con la imaginación. ¿Qué figura debería poner en un aldabón, un Correcaminos? Más allá de esta lectura social de las puertas del centro histórico, para mí lo más interesante de Cartagena está en Getsemaní, el verdadero refugio del alma cartagenera….