Aunque no me permitieron llevar la antorcha, estos Juegos Olímpicos de Londres 2012 me traen recuerdos. Voy a ser sincero. De chico aborrecía los deportes. Me parecía una tortura innecesaria que en las horas de gimnasia nos obligaran a todos por igual a aprender el reglamento de hándbol o a trotar alrededor del patio. Para los que éramos de madera, aquellos torneos supuestamente dirigidos a fomentar el compañerismo, nos humillaba, nos exponía en bandeja para la risa colectiva. Sí señores, de adolescente lo mío andaba más cerca de la geografía, de un libro de Nietzsche y un casette TDK regrabado con los Redonditos de Ricota que de un balón de fútbol. Si insistían en que jugara, me unía solo a regañadientes, y me atrincheraba –literalmente-en defensa con mis borceguís y molía a patadas al quien merodeara el área grande, ni que hablar la chica.
Más allá de esa falta de entusiasmo epidérmico ante cualquier instancia de competencia donde se insista en declarar a una persona superior a otra por la manera en que corre detrás de una pelota, había una cosa que sí me fascinaba: las ceremonias de apertura de los Juegos Olímpicos. Tal vez por ser un asunto que tiene que ver más con la geografía que con el deporte, o por ser un equilibrio justo entre ambas cosas, cada cuatro años me agendo bien el evento. Este año, con los 30mos Juegos Olímpicos de Londres, no fue la excepción. Y mientras observaba la sucesión de emblemas británicos que desfilaban en el Olympic Park, desde James Bond hasta el Mini Cooper, empecé a recordar algunas anécdotas casi-deportivas de esta vuelta al mundo a dedo. Alguna vez comenté algunas al aire en una entrevista propuesta por la Radio de ESPN sobre el tema deportes. Aquí las comparto con los lectores de mi blog.
CRÍQUET: ¡LOS INGLESES TODAVÍA ESPERAN EL VUELTO!
Como saben, mi viaje empezó desde Irlanda del Norte, parte del Reino Unido, y Londres fue una de mis primeras paradas. Pero fue en el sur de Inglaterra donde tuve mi primer encontronazo con el deporte inglés por excelencia: el críquet. Mi anfitrión, Duncan, me había invitado a presenciar lo más cercano a un duelo que uno puede encontrar en Inglaterra: un partido de críquet entre los equipos de dos pubs. La cosa era seria, pero por esa discreta eficiencia que caracteriza a los ingleses –y que a veces bordea el aburrimiento- no se notaba. Lo que quiero decir es que yo los veía pelotear a los tipos y se me ocurrió preguntar cuando empezaba el partido. Entonces Duncan, mirando su cronómetro, me dijo que el partido se había iniciado hacía media hora. Había anotaciones, goles, tantos, ni idea como llamarlos, pero ningún gentlemen vitoreaba, ni se sobrepasaba en sus modales. Y entonces sucedió un diálogo que siempre recordaré. Le djie a Duncan:
